Revisando mi archivo en papel encuentro un breve artículo de Plácido Fajardo, hoy Socio de Leaders Trust International, aparecido en expansion en septiembre de 2006.
Os lo reproduzco para que reflexionemos juntos sobre el tema.
Aquella ferretería no tenía nada de especial. En sus estanterías podías encontrar toda clase de cacharros, herramientas, menaje, y demás utensilios de lo más variopinto. Era un establecimiento tradicional, de extensión reducida, en el que muchos productos colgaban de las paredes e incluso del techo, en un ejercicio admirable de aprovechamiento del espacio. Tras el mostrador se movía con destreza el comerciante, un hombre de mediana edad, delgado y pulcro. Me acerqué a él y observé un cartel en la pared con un mensaje de lo más inesperado: “Es agradable ser importante, pero es mucho más importante ser agradable”. Vaya con el ferretero, pensé.
Insistimos con tesón en la necesidad de que nuestros gestores desarrollen competencias nada fáciles. Les pedimos que aprendan continuamente y que consigan hacer cada día más con menos, emulando el milagro de los panes y los peces.
Hace unas semanas leía en estas páginas un artículo de José Ramón Fernández, conocido consultor a quien respeto y admiro, que nos hablaba sobre el denominado diálogo experto, "como fórmula de conversación y como cultura de comunicación". Aludía a esta técnica y citaba de paso otros conceptos complejos, como las teorías sistémicas, dinámicas no lineales, ontología, modelos mentales y lógica multivalorada. Estoy convencido de la utilidad práctica de estas ideas y de su aplicabilidad para mejorar la efectividad de nuestra gestión. Converso a veces con él sobre estos temas y me resulta de lo más estimulante, al igual que sus lecturas recomendadas.
Pero pasamos por alto algunos detalles que pueden facilitar o entorpecer enormemente las cosas. Olvidamos lo más básico, lo que hace que muchas veces merezca la pena entregar nuestro esfuerzo e ilusión con generosidad e incluso con entusiasmo, o que en cambio veamos el trabajo como un castigo divino al que fuimos condenados en el Antiguo Testamento.
Se trata de algo bastante sencillo, aunque no simple, que no figura en sofisticados tratados sobre management, y que consiste en ser agradable a los demás; que a la gente le apetezca estar con nosotros porque se sienta a gusto en nuestra compañía. La amabilidad y el trato afable son perfectamente compatibles con los conflictos de intereses o las pequeñas tensiones de la vida laboral.
Todos hemos vivido en alguna ocasión la ingrata experiencia de tratar con alguien con quien relacionarse era un suplicio, ya fuera cuestión de mal carácter, falta de autocontrol, frustración o amargura. Si además se trata de una relación jefe-colaborador, las consecuencias son mucho más graves. Trabajar duro no es lo mismo que estar en un balneario, pero tampoco puede suponer una especie de tortura. Y eso depende, sobre todo, de la actitud y el comportamiento de la gente que nos rodea, con la que despachamos cada día, compartimos metas, esfuerzos, ilusiones o desventuras, que también las hay.
Hace años Dan, un importante directivo americano, contaba con pasión a los empleados de la filial española cuáles eran sus objetivos de negocio en una multitudinaria reunión. Cuando terminó, les indicó que además él tenía tres objetivos personales: bajar el hándicap de golf, estar más tiempo con su familia y ser alguien agradable con quien trabajar. Mira por dónde coincidía con nuestro amigo el ferretero. A partir de ahí, cualquier inversión en fomentar el arte del diálogo con las mejores técnicas "para solucionar las disonancias del concierto corporativo", como decía el citado artículo, será muy bienvenida.
La importancia de ser agradable
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La cultura de equipo y el rollo de papel higiénico
Hace años que escuché una interesante anecdota sobre la realidad del trabajo en equipo en las organizaciones actuales. Con ella Paco Muro, Presidente de Otto Walter pretendía despejar las nubes de la ilusión del trabajo en equipo que existen en muchas de nuestras empresas.
El concepto de equipo comienza cuando cada individuo se implica en cuidar que al otro no le falte lo que uno puede aportar, que todos ganemos.
Hace poco visité una empresa llena de letreros en los pasillos que decían: "Somos un equipo", "El trabajo en equipo es nuestro lema". El director de la división me comentó que "eran una piña” y que cada uno velaba por el bien del conjunto. Precioso y emotivo discurso. Pero hete aquí que al salir pedí que me indicaran dónde estaban los servicios. Al entrar, y como uno está ya "muy viajado", tuve la precaución de mirar si había papel higiénico, pero apenas quedaba un mísero cuadradito adherido al cilindro de cartón, prueba inequívoca de que era el último vestigio del rollo.
Así que salí y armándome de valor pregunté a un joven que amablemente me contestó: "Hay recambios aquí, en el armario que está frente a la puerta, mantenimiento suele pasar al mediodía. Si hace falta reponer antes todos sabemos dónde está". Tras agradecer su eficaz gestión volví a entrar armado de tan preciado complemento, pero entonces me surgió una reflexión. ¿Quién había sido el insolidario, por no decir rufián, que utilizó por última vez ese WC?
Si todos conocen donde están los repuestos, el susodicho sabía perfectamente que dejaba sin existencias el servicio. ¿Por qué no puso otro al salir para que el siguiente no sufriera una desagradable sorpresa? ¿Ese era realmente el espíritu de trabajo de ese "equipo"? ¿Una piña? ¡Una piña de buitres es lo que eran! Cuando empecé a trabajar con ellos comprobé que en el departamento cada uno iba a lo suyo, que se aparentaba lo mejor pero se hacía lo peor, que no había verdadero compromiso de grupo, que lo de equipo, ni de lejos y que del dicho al hecho había un abismo.
Entonces recordé lo ocurrido en mi primera visita y descubrí la prueba del papel higiénico, para averiguar si de verdad había espíritu de grupo, de auténtico compañerismo. Se trataría de comunicar a todos dónde están los repuestos y dejar un resto de rollo con una sola ración, asegurarse de que así se queda cada vez que alguien lo utiliza, y esperar a ver cuántos se ocupan de cuidar que no le falten al siguiente los recursos necesarios para salir airoso del asunto.
Por mucha fe que tenga en su equipo, si se animara a hacer la prueba y por alguna razón sus tripas le exigieran una urgencia, le aconsejo que acuda al servicio acompañado de algún viejo informe (el de los objetivos de este año, por ejemplo, total para lo que sirven a estas alturas) ya que así, probablemente, tendrá una solución de emergencia y evitará una situación embarazosa.El concepto de equipo comienza cuando cada individuo cuida de que al otro no le falte lo que uno puede aportar, que todos ganemos, que cada uno ponga de motu proprio lo necesario para el bienestar general. Con los que sólo piensan en ellos mismos, con los individualistas, con los que se creen estrellas del universo, con los que sólo ven el yo, pocas veces se hará un verdadero equipo, una auténtica piña en la que poder confiar a ciegas en que nunca te dejarán tirado.
Al final me he dado cuenta de que la prueba es excesivamente dura, y para evitar una frustración por el resultado es mejor no hacerla. Creo que aún no estamos preparados para un examen como éste. Eso sí, aquello me hizo pensar y he empezado por aplicarme el cuento. Me ocupo de que haya un nuevo rollo a nada que esté escaso. No sé si estos pequeños favores anónimos me servirán de entrenamiento para fortalecer mi actitud y la generosidad que requiere el verdadero espíritu de equipo, pero mientras tanto he descubierto algo: te hace sentir mucho mejor haber hecho lo correcto porque sí, echar una mano por principios, porque es lo que hay que hacer para ser coherente con lo que uno aspira que hagan los de su entorno.
¿Hubiera pasado usted la prueba? En cualquier caso, ¿por qué no empezamos a actuar más en equipo, a dar más porque es bueno para el resto o porque es un buen ejemplo a seguir, hasta en los pequeños detalles y oportunidades que nos ofrece el día a día?
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El concepto de equipo comienza cuando cada individuo se implica en cuidar que al otro no le falte lo que uno puede aportar, que todos ganemos.
Hace poco visité una empresa llena de letreros en los pasillos que decían: "Somos un equipo", "El trabajo en equipo es nuestro lema". El director de la división me comentó que "eran una piña” y que cada uno velaba por el bien del conjunto. Precioso y emotivo discurso. Pero hete aquí que al salir pedí que me indicaran dónde estaban los servicios. Al entrar, y como uno está ya "muy viajado", tuve la precaución de mirar si había papel higiénico, pero apenas quedaba un mísero cuadradito adherido al cilindro de cartón, prueba inequívoca de que era el último vestigio del rollo.
Así que salí y armándome de valor pregunté a un joven que amablemente me contestó: "Hay recambios aquí, en el armario que está frente a la puerta, mantenimiento suele pasar al mediodía. Si hace falta reponer antes todos sabemos dónde está". Tras agradecer su eficaz gestión volví a entrar armado de tan preciado complemento, pero entonces me surgió una reflexión. ¿Quién había sido el insolidario, por no decir rufián, que utilizó por última vez ese WC?
Si todos conocen donde están los repuestos, el susodicho sabía perfectamente que dejaba sin existencias el servicio. ¿Por qué no puso otro al salir para que el siguiente no sufriera una desagradable sorpresa? ¿Ese era realmente el espíritu de trabajo de ese "equipo"? ¿Una piña? ¡Una piña de buitres es lo que eran! Cuando empecé a trabajar con ellos comprobé que en el departamento cada uno iba a lo suyo, que se aparentaba lo mejor pero se hacía lo peor, que no había verdadero compromiso de grupo, que lo de equipo, ni de lejos y que del dicho al hecho había un abismo.
Entonces recordé lo ocurrido en mi primera visita y descubrí la prueba del papel higiénico, para averiguar si de verdad había espíritu de grupo, de auténtico compañerismo. Se trataría de comunicar a todos dónde están los repuestos y dejar un resto de rollo con una sola ración, asegurarse de que así se queda cada vez que alguien lo utiliza, y esperar a ver cuántos se ocupan de cuidar que no le falten al siguiente los recursos necesarios para salir airoso del asunto.
Por mucha fe que tenga en su equipo, si se animara a hacer la prueba y por alguna razón sus tripas le exigieran una urgencia, le aconsejo que acuda al servicio acompañado de algún viejo informe (el de los objetivos de este año, por ejemplo, total para lo que sirven a estas alturas) ya que así, probablemente, tendrá una solución de emergencia y evitará una situación embarazosa.El concepto de equipo comienza cuando cada individuo cuida de que al otro no le falte lo que uno puede aportar, que todos ganemos, que cada uno ponga de motu proprio lo necesario para el bienestar general. Con los que sólo piensan en ellos mismos, con los individualistas, con los que se creen estrellas del universo, con los que sólo ven el yo, pocas veces se hará un verdadero equipo, una auténtica piña en la que poder confiar a ciegas en que nunca te dejarán tirado.
Al final me he dado cuenta de que la prueba es excesivamente dura, y para evitar una frustración por el resultado es mejor no hacerla. Creo que aún no estamos preparados para un examen como éste. Eso sí, aquello me hizo pensar y he empezado por aplicarme el cuento. Me ocupo de que haya un nuevo rollo a nada que esté escaso. No sé si estos pequeños favores anónimos me servirán de entrenamiento para fortalecer mi actitud y la generosidad que requiere el verdadero espíritu de equipo, pero mientras tanto he descubierto algo: te hace sentir mucho mejor haber hecho lo correcto porque sí, echar una mano por principios, porque es lo que hay que hacer para ser coherente con lo que uno aspira que hagan los de su entorno.
¿Hubiera pasado usted la prueba? En cualquier caso, ¿por qué no empezamos a actuar más en equipo, a dar más porque es bueno para el resto o porque es un buen ejemplo a seguir, hasta en los pequeños detalles y oportunidades que nos ofrece el día a día?
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La generación Y
Os dejo tres presentaciones muy interesantes de una sesión-debate en EADA sobre los retos y cambios que están trayendo la llamada Generación Y.
Presentación Joan Carles Xart INDRA
Esta es la presentación de Indra. Muy interesantes las fotografías de los espacios de trabajo. Un modelo que nace de las necesidades de las personas.
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Presentación Joan Carles Xart INDRA
Esta es la presentación de Indra. Muy interesantes las fotografías de los espacios de trabajo. Un modelo que nace de las necesidades de las personas.
Presentación de José Manuel Valverde
Presentación de José Manuel Valverde, director de selección de Banesto.Una de las cosas que más me gusta de Banesto, muy propio de un banco, es que tienen métricas de todo lo que pueda ser medido. Esto fue muy valorado en su proyecto para el premio Capital Humano, que quedó en primera posición.
y ... la presentación de Alfons Cornella
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Aprendiendo liderazgo con caballos
Giulio Toscani, director del International MBA de EADA, ha filmado un video muy interesante de una formación vivencial que realizan con caballos. Nos comenta que tiene una gran potencia para desarrollar aspectos como son el liderazgo, la confianza, comunicación y trabajo en equipo. Todos han vuelto impresionados!!
Gracias Jordi por este interesante material.
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Gracias Jordi por este interesante material.
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Liderazgo
Talento... la dificil tarea de saber reconocerlo y valorarlo.
Las personas aunque aparentemente "normales" en realidad somos seres extraordinarios.
Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro sin mirarlo, le dijo:
-Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después...
- y haciendo una pausa agregó- si quisieras ayudarme tú a mi, yo podría resolver este problema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
-E...encantado, maestro- titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado, y sus necesidades postergadas.
-Bien, asintió el maestro.
Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño y dándoselo al muchacho, agregó
- Toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara, sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.
Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado - más de cien personas y abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.
Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado él mismo al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda. Entrando en la habitación, dijo:
-Maestro, lo siento, no se puede conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
-Qué importante lo que dijiste, joven amigo- contestó sonriente el maestro-. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero.
Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo. El joven volvió a cabalgar.
El joyero examinó el anillo a la luz del candil con su lupa, lo pesó y luego le dijo:
-Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender. Yo no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.
-58 MONEDAS!!!!!!!!!!!!!!!!! Exclamó el joven.
- Sí, replicó el joyero - yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé...si la venta es urgente...
El joven corrió emocionado a la casa del maestro a contarle lo sucedido.
-Siéntate- dijo el maestro después de escucharlo- Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto.
¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor? Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño.
Todos somos como esa joya, valiosos y únicos, y andamos por los mercados de la vida pretendiendo que gente inexperta nos valore.
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Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro sin mirarlo, le dijo:
-Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después...
- y haciendo una pausa agregó- si quisieras ayudarme tú a mi, yo podría resolver este problema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
-E...encantado, maestro- titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado, y sus necesidades postergadas.
-Bien, asintió el maestro.
Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño y dándoselo al muchacho, agregó
- Toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara, sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.
Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado - más de cien personas y abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.
Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado él mismo al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda. Entrando en la habitación, dijo:
-Maestro, lo siento, no se puede conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
-Qué importante lo que dijiste, joven amigo- contestó sonriente el maestro-. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero.
Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo. El joven volvió a cabalgar.
El joyero examinó el anillo a la luz del candil con su lupa, lo pesó y luego le dijo:
-Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender. Yo no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.
-58 MONEDAS!!!!!!!!!!!!!!!!! Exclamó el joven.
- Sí, replicó el joyero - yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé...si la venta es urgente...
El joven corrió emocionado a la casa del maestro a contarle lo sucedido.
-Siéntate- dijo el maestro después de escucharlo- Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto.
¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor? Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño.
Todos somos como esa joya, valiosos y únicos, y andamos por los mercados de la vida pretendiendo que gente inexperta nos valore.
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